“Cristina Kirchner debe estar preocupada porque si Lázaro es emblema de la corrupción, no puede haber corrupción sin funcionarios y se dijo que el delito precedente era la obra pública”, dijo Leandro Báez e insiste en que su padre, Lázaro Báez, no contó todo lo que sabe.

Esperaba de Cristina, de Máximo Kirchner un gesto, admite.

Quedó condenado a cinco años de prisión, y aunque no utiliza la palabra miedo, reconoce que no hay día que no piense en la posibilidad de terminar tras las rejas: “es más bien preocupación”, explica. Su padre sigue preso, aunque bajo arresto domiciliario, su hermano lleva dos años detenido. No descarta que le pueda ocurrir.

La relación con la familia Kirchner “existió, es claro”, dijo Leandro. La justicia le puso número a eso: 28 vínculos comerciales, y mientras Báez era contratista del Estado su patrimonio saltó de 66 millones de pesos a más de 3.000 millones en diez años. “Todos sus bienes estaban declarados, claro que hubo negocios con los Kirchner”, repite, pero en ese abrupto incremento de propiedades -que la justicia determinó que fue con dinero de origen ilícito- no ve ningún delito”.

En diálogo con Clarín, Leandro Báez recuerda que cuando habían pedido la detención de él y sus hermanos viajaron en el mismo vuelo de Aerolíneas con Máximo, y pese a haber jugado un partido de fútbol en la chacra de su padre ese día ni se saludaron, ni se miraron. “Ese día nos putearon a nosotros diciendo que nos habíamos robado todo, Máximo se subió a un auto azul con Wado de Pedro y se largó. Eso nos dio la pauta de que a Lázaro le habían soltado la mano. Se anima a esbozar una teoría más: que a su padre lo entregaron: “hicieron un intercambio de figuritas y lo dejaron a él como emblema de la corrupción y se olvidaron de los funcionarios”.

A estas alturas del expediente, reitera que Lázaro tenía la oportunidad de hablar, de decir su verdad. Cuando se le consulta a Leandro a qué se refiere con “su verdad”, plantea dos cosas: “Que explique el rol de cada uno de sus hijos, que no teníamos nada que ver con las operaciones de lavado (la justicia consideró lo contrario, son beneficiarios de todas las cuentas radicadas en Suiza utilizadas para el blanqueo de 60 millones de dólares), y por otro lado, que aclare quiénes manejaban realmente la plata que estaba en el exterior. ​Nosotros éramos beneficiarios de las cuentas pero nunca vimos un peso de eso.

Recuerda cuando su padre se desligó de la administración y cuidado del Mausoleo donde está el cuerpo de Néstor Kirchner, y sitúa esa situación, esa última charla en la quinta de Olivos entre Báez y Cristina, como el quiebre definitivo. “Desde que murió Néstor la relación fue diferente; con Cristina nunca se llevó bien. Ella nunca lo quiso y se lo sacó de encima, dice Leandro, que recuerda: “Tenían negocios juntos, incluso después de la muerte de Néstor”.

Distingue que no es algo personal contra la vicepresidenta, “pero debe estar preocupada, se habla de un delito precedente donde está ella”, y sostiene que la cruzó en la estancia Cruz Aike, hace muchos años, en un asado que hizo su padre. “Fue amable al saludar, pero cerrada siempre en su gente. No tengo nada que decir de ella, pero sí que esperábamos algún gesto“.

No elige el silencio y eso no le gusta a su padre, que le pide en reiteradas ocasiones que baje el perfil, que no vaya a los medios a hablar. Leandro le repite la misma cantidad de veces: Hay demasiado silencio, alguien tiene que decir las cosas”.