El 6 de agosto de 1945 sucedió una de las tragedias más grandes de la humanidad, proucida por el propio hombre, marcando uno de los últimos capítulos de la Segunda Guerra Mundial.

Estados Unidos lanzó la bomba de uranio «Little Boy» sobre Hiroshima, causando más de 100.000 muertes y destruyendo por completo la ciudad. Fue el primer bombardeo atómico de la historia. Tres días después le seguiría el bombardeo de Nagasaki.

Hoy se cumplen 75 años del momento en el que el Enola Gay dejó caer la bomba atómica. Se podría suponer que la humanidad aprendió la lección. Así debería de ser. Un espectáculo demasiado atroz para ser soportado. Sin embargo, el peligro nuclear persiste.

A las 8;15 de la mañana se hizo de noche, y la oscuridad que envolvía la ciudad sólo encontraba excepciones en los focos de incendio iniciados en muchas de las casas derrumbadas.

Los hospitales estaban colmados. Los heridos llegaban, cómo podían, de a millares.

Los que en estaban en peor estado eran puestos bajo lo único que quedaba en pie: unos cerezos. En pocos minutos los heridos eran tantos que en ese jardín enorme sólo los moribundos tenían el privilegio de permanecer acostados. Los otros debían estar de pie.

Hubo además de los muertos, 70 mil heridos de gravedad. La gran mayoría de ellos falleció en los días y meses subsiguientes como consecuencia de la explosión atómica (Mitsugi Kishida/Teppei Kishida/Hiroshima Peace Memorial Museum/Reuters)

Los habitantes de Hiroshima estaban ocupados en sus tareas cotidianas.

El día se desarrollaba con normalidad. Con la normalidad que puede existir en días de guerra. Habían pasado pocos minutos de las 8 de la mañana pero la ciudad había despertado hacía rato.

Alumnas de un colegio secundario ayudaban a retirar los escombros de las viviendas que habían tirado abajo para cavar las zanjas que habían proliferado en las distintas calles; eran cortafuegos, por si algún bombardeo provocaba incendios.

Hasta ese momento, la ciudad estaba invicta. No había sufrido ataques aéreos. Apenas algunos sustos.

Harry Truman, el presidente de Estados Unidos, esa misma noche anunció en un mensaje radiofónico que habían lanzado la bomba sobre Hiroshima. Con impiedad afirmó: “Hace poco tiempo un avión americano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima, inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor: han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción. (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas en la tierra”.

Un soldado japonés en el lugar camina meses después en el lugar donde cayó la bomba (REUTERS)

Ninguno de los sobrevivientes recuerda haber escuchado nada en el momento en que cayó la bomba (los que oyeron estaban a decenas de kilómetros de Hiroshima: un estruendo aterrador, imborrable, el más estremecedor de sus vidas).

Sí vieron, algo nunca visto. Las descripciones varían. “Un resplandor tremendo”, “todo brilló con el blanco más blanco que haya visto”, “un enorme fogonazo amarillo brillante”, “un gigantesco flash fotográfico” “creí que el sol se había desprendido del cielo”, contaron algunos sobrevivientes. Luego, en apenas segundos, la noche profunda. A las 8.16 de la mañana. Una oscuridad sucia que no se remediaría con la aparición del sol. Una noche en la que la ciudad quedaría sumida por años.

Pero la destrucción total vino sin ruido, sin gritos, sin el estruendo de las cosas rompiéndose o golpeando entre sí. Sin banda sonora. La onda expansiva fue sorda, ofició de cono de silencio arrasador.

Los japoneses evitan llamarse sobrevivientes, porque concentrarse demasiado en el hecho de estar con vida puede ser una ofensa para los sagrados muertos. El término que utilizan es hibakusha, personas afectadas por una explosión. Y estos hibakusha sufrieron durante años las consecuencias de la bomba. Fatiga crónica, problemas de piel, deformaciones varias, leucemia, cáncer en los órganos más variados. La radiación no los abandonó ese 6 de agosto de 1945. Los persiguió por años y los terminó matando.

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