El jueves 24 de mayo de 1810 amaneció nublado y frio, pero se sentía calor.

“¡Juro a la patria y a mis compañeros que, si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey (Cisneros) no hubiese sido derrocado; a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas!.

Era el final de una semana agitada, con la tensión popular in crescendo, que había comenzado con la llegada de las noticias sobre la caída en manos de Napoleón del último bastión de poder español, lo que ponía en duda la legitimidad del poder del virrey Cisneros.

Haciendo oídos sordos a lo que se palpaba en el aire, el Cabildo comenzo el dia conformando la Junta propuesta por el obispo Benito Lué y Riega, que debía mantenerse hasta la llegada de los diputados del resto del Virreinato. Estaba formada por Baltasar Hidalgo de Cisneros (ex virrey, español) como Presidente y comandante de armas, y como Vocales Cornelio Saavedra (militar, criollo), Juan José Castelli (abogado, criollo), Juan Nepomuceno Solá (sacerdote, español), y José Santos Incháurregui (comerciante, español)

Obispo Benito Lué y Riega

Esta fórmula insistía en mantener al virrey en el poder con algunos asociados; a pesar de que en el Cabildo abierto la misma hubiera sido derrotada en las elecciones. Los cabildantes consideraban que de esta forma se contendrían las amenazas de revolución que tenían lugar en la sociedad. ​

Hicieron un reglamento constitucional de trece artículos, redactado por Leyva, que regiría el accionar de la Junta. En él, se preveía que la Junta no ejercería el poder judicial, que sería asumido por la Audiencia; que Cisneros no podría actuar sin el respaldo de los otros integrantes de la Junta; que el Cabildo podría deponer a los miembros de la Junta que faltaran a sus deberes y debía aprobar las propuestas de nuevos impuestos; que se sancionaría una amnistía general respecto de las opiniones emitidas en el cabildo abierto del 22; y que se pediría a los cabildos del interior que enviaran diputados.

Los comandantes de los cuerpos armados dieron su conformidad, incluyendo a Saavedra y Pedro Andrés García.

La noticia no cayó para nada bien, tanto en el pueblo, como en las milicias que volvieron a agitarse, y la plaza fue invadida por una multitud comandada por French y Beruti.

La permanencia de Cisneros en el poder, aunque fuera con un cargo diferente al de virrey, era vista como una burla a la voluntad del Cabildo Abierto.

El Coronel Martín Rodríguez lo explicaba así:

“Si nosotros nos comprometemos a sostener esa combinación que mantiene en el gobierno a Cisneros, en muy pocas horas tendríamos que abrir fuego contra nuestro pueblo, nuestros mismos soldados nos abandonarían; todos sin excepción, reclaman la separación de Cisneros”.

El “cabildo” paralelo.

En la casa de Rodríguez Peña, los ánimos estaban bien caldeados.

Dirigentes civiles y oficiales de los cuerpos de milicia se reunieron para debatir los acontecimientos. Entre ellos estaban Manuel Belgrano, Eustaquio Díaz Vélez, Domingo French y Feliciano Antonio Chiclana; entre quienes las discusiones fueron subiendo de tono, al punto de dudar de la lealtad de Saavedra.

Hasta que el Coronel Manuel Belgrano perdió la paciencia.

“¡Juro a la patria y a mis compañeros que, si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey (Cisneros) no hubiese sido derrocado; a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas!. ¡Juro a la patria y a mis compañeros que, si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la fortaleza!”.

Coronel Manuel Belgrano

Entonces, Castelli se comprometió a intervenir para que el pueblo fuera consultado nuevamente, y entre Mariano Moreno, Matías Irigoyen y Feliciano Chiclana se calmó a los militares y a la juventud de la plaza.

Finalmente decidieron deshacer lo hecho, convocar nuevamente al pueblo y obtener del cabildo una modificación sustancial con una lista de candidatos propios. Cisneros no podía figurar.

En horas de la noche, una delegación encabezada por Castelli y Saavedra se presentó en la residencia de Cisneros y le informaron del estado de agitación popular y sublevación de las tropas, y demandaron su renuncia. Lograron conseguir en forma verbal su dimisión.

Mientras, un grupo de patriotas reclamó en la casa del síndico Leyva que se convocara nuevamente al pueblo, y pese a sus resistencias iniciales, finalmente accedió a hacerlo.

Las horas para el virreinato estaban contadas.

Esa noche, nadie durmió.

 

Fuente: Redacción

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here