En el mundo, y por supuesto en nuestro país, la opinión pública está dividida.

Dice la RAE: “Mentira: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente”.

¿Mienten los chinos, Trump, los infectólogos, la OMS, el presidente, los ministros, los economistas, los medios?

Están quienes creen que todo es falso, que es una maniobra de los gobiernos para controlar a los ciudadanos, que es un plan de intereses internacionales, etc. Y por supuesto están quienes creen a pie juntillas el desarrollo de un virus apocalíptico que viene haciendo estragos en la humanidad.

Aquí, en tierras más vernáculas, las opiniones son más sofisticadas. Grandes grupos sospechan de un plan elaborado para llevar a la pobreza a quienes, hasta el comienzo del aislamiento, no lo eran; y están los que sostienen que la única forma de terminar con esto es lo que ordenan las autoridades sanitarias.

Para colmo, esta división de puntos de vista se alimenta de los numerosos pasos en falso que de vez en cuando dan estas mismas autoridades sanitarias. La Organización Mundial de la Salud ha ido “recalculando” cada cierto tiempo sus declaraciones en torno a la gravedad, formas de trasmisión y de prevención respecto del COVID-19. Esto es un hecho. Y en consonancia, la respuesta de las autoridades sanitarias nacionales, provinciales y locales; han ido haciendo lo mismo.

“Obvio”, dirán algunos. Es así, “a medida que se va conociendo más sobre el comportamiento del virus”.

Sin embargo, los detractores de esta postura sostienen que, en realidad, como no saben nada, van a “tontas y a locas” actuando en consecuencia.

En tanto, hay dos situaciones en nuestro país que no escapan a la realidad más cruda: Por un lado, es innegable que la economía está sufriendo la mayor recesión de la historia, llevando a la quiebra a miles de comercios, pymes y empresas de envergadura. Sin hablar de los miles y miles de argentinos que perdieron o perderán sus fuentes de trabajo.

Pero, por otro lado, también son insoslayables los muertos, los internados en terapia intensiva en estado crítico, y los contagiados que día a día son más.

¿Qué está primero? ¿La economía o la salud?

Muchísima gente dice que le mienten. Argumentan que los medios mienten. Que nosotros mentimos.

Quieren que termine la cuarentena, que se reabra todo, que los comercios vuelvan a funcionar y a los trabajadores en sus puestos. Quieren reuniones familiares y de amigos como antes y, si fuera necesario, que mueran los que tengan que morir.

Pero lo cierto es que los números son claros. E incontrastables.

Los de este grupo, los que niegan la realidad, adoptan la actitud del que recibe el resumen de la tarjeta, e insulta al emisor porque los números le golpean. Pero esos números, al fin y al cabo, seguirán siendo el precio que tendrá que pagar.

Y al final, como casi todo en la vida, esos números son los que mandan.

¡Y ojo!, los del otro bando también se enojan. Quieren que los medios de prensa sean más específicos. Que la gente vea la cruda realidad de los muertos apilados en según qué países. Que vean el dolor de las familias que ni siquiera puedan despedirse. Quieren las fotos y los nombres de cada nuevo contagiado en portada, para que los otros vean cómo también caen conocidos, y cómo sus familias entran en la incertidumbre de qué va a pasar.

Sin embargo, los números de la pandemia y los de la economía seguirán estando.

Quizás ambos grupos tengan algún punto de razón. Lo difícil es encontrar el término medio.

Y hablando de término medio, también está la política.

Que si los infectólogos mandan en el país. Que si los intendentes no comparten la decisión de los gobernadores. Que si el Presidente, el Gobernador y los intendentes quiere mandarnos a todos.

Y aparecen las miserias humanas, que siempre están, claro. Decenas de ejemplos todos los dias.

Y en el medio, la gente. Nosotros.

Así las cosas, lo que parece más cierto, es que se huele miedo. Y hartazgo.

¿Hay muertos? Sí, claro. ¿Muchos? Sí, es indudable. ¿Y la economía se está destruyendo? Es indudable.

Estas preguntas son claves para entenderlo. El miedo está, existe. Al virus, a la incertidumbre, al hambre por la economía; e incluso a la inseguridad potenciada por ese hambre.

Pero está. Haríamos bien en reconocerlo, para poder tomar cartas en el asunto seriamente.

Redacción // Ilustración: “La miseria humana” de Leo van Aken, Amberes, 1857-1904